Voy a intentar no derivar en lo soez. Pero es probable que no lo logre.
No es el que más bueno está. Ni siquiera el más guapo. Pero, con diferencia, es el que más morbo desprende. Si no habla, la sensación es mucho mejor. Pero compensa, con su cuerpo pequeñito, bien trabajado, su cresta, su pinta de malo. Es el chico de la catana, también conocido como el chico de la navaja. El utensilio afilado con el que se le reconoce depende de la gradación de su agresividad aparente.
El chico de la navaja y yo. Solos en la terma del gimnasio. Uno enfrente del otro. No quiero resultar soez. Tengo que cuidar esta imagen de chico bueno, virginal y melancólico que me estoy criando. Pero el chico que el sábado no tenía aún nombre propio... en fin... cómo describirle bajo una capa de humedad que se le pegaba en la piel y resbalaba hacia zonas cuya definición desembocaría en la formulación de palabras que pueden herir ciertas dignidades. Sobre todo por el efecto de la comparación. Paro, no quiero resultar soez.
Diosmi, diosmi, ¿qué me está sucediendo? No sé si me mira, si lo que hago es provocarle o si simplemente estoy quedando como un imbécil. Pero la percepción de abandonar un estado de aletargamiento me sorprendió. Me aterró, más bien, ante la imposibilidad de controlarlo.
Y es así, cómo, de golpe, dejé de ser asexual.
Esto sucedió el sábado. Antes, por tanto, de escribir mi post de abajo. Como de costumbre, se fue, sin más, a pesar de seguir mirándonos con cierta imagen de desasosiego.
Gracias, chic@s, por vuestros consejos y ánimos para dar los pasos oportunos y no dejar escapar ocasiones atractivas. Gracias. De verdad.