
Interrumpió de golpe mi empeño en reducir de forma drástica algunas zonas raras de mi cuerpo que han surgido como consecuencia de los atracones de comida de estas vacaciones. Estaba practicando algunos abdominales, mientras veía Heidi en el monitor, que había regresado ya de Frankfurt y se había vuelto a instalar en las montañas. Pasó delante de mí, con su figura estupenda: pelo muy corto, moreno, ojos verdes, labios intensos, piercing en la ceja izquierda, aros en las orejas, depilado, delgado pero fibrado, un poco más bajo que yo. Muy joven. Se situó en la cinta para correr durante unos veinte minutos a un ritmo que permitía distinguir con claridad los movimientos de su culo perfecto, redondo, presumiblemente prieto.
No pude dejar de (ad)mirarle durante toda la sesión. Elegí las máquinas que me permitieran tener mejor visión de lo que estaba haciendo en cada momento. Me pareció que nuestras miradas se cruzaban en algún instante, pero no podía ser. Estaba seguro de que él era hetero, así que me le tenía que quitar de la cabeza.
Con el calentón, me fui a las duchas antes de lo previsto, pero decidí pasar por la terma, pues dicen que sienta bien para la piel. Sólo había un señor barrigudo, que no me quitaba ojo de encima. Tras mostrar en varias ocasiones mi incomodidad, se terminó por marchar. El reloj de arena indicaba que aún me quedaban unos cinco minutos de estancia, cuando entró el. La piel, bastante morena, le brillaba todavía de sudor y sólo se cubría con una mini toalla blanca que no conseguía rodearle del todo la cintura. Sin embargo, enseguida se la quitó. Hola, dijo al cerrar la puerta, mostrando una media sonrisa alargada. Le respondí con otro hola, o al menos eso creo, pues no estoy seguro de que me saliera voz tras apreciar unas proporciones tan bien configuradas. Yo estaba apoyado contra la pared y él fue a situarse en la misma posición, justo a mi lado. Entre el calor, la humedad ambiental y los nervios, el corazón me latía con tal fuerza que en cualquier despiste se podía escapar de mi pecho. ¿Está hoy especialmente fuerte?, preguntó de pronto. Está que se sale, pensé yo, aunque él escuchó que sí, que se soportaba bastante mal y que seguro que se estaría mejor tomando una caña en una terracita. No sé por qué solté tal tontería, pero en el estado en que me estaba transformando no era capaz de procesar las ideas con coherencia. Durante la especie de conversación que siguió, él no abandonó en ningún momento un cierto aire malicioso que me ponía enfermo. Me dijo que se llamaba Quim (no quise preguntar de dónde venía el nombre) y que había empezado el gimnasio hacía un par de semanas, pero que no había conseguido ir aún más que tres días porque era muy vago. Ni falta que te hace, sugerí yo, aunque no sé si lo llegué a expresar en voz alta. ¡Qué bien! Me estaba volviendo sociable cuando más convenía. Todo esto al tiempo que él ocultaba pudorosamente algunas zonas que mi zoom óptico intentaba descifrar. Bueno, no puedo más, dijo al fin, está demasiado alto. Sí, yo también me voy, dije siguiéndole, tras darme cuenta de que Quim ocupaba algo más de volumen en el espacio que cuando entró. ¿O sería impresión mía?
Las duchas del gimnasio son cerradas, pero dejó la puerta entreabierta, así que aproveché para ponerme en la de enfrente. No pude evitar empalmarme al observar cómo se tocaba encremándose y cómo le resbalaba el agua por la cara, por el pecho, por la espalda, por las piernas... Incluso parecía que era consciente de que le miraba y que provocaba la situación. Esto no me puede estar pasando, trataba de convencerme, es un sueño erótico y en cualquier momento me caeré de la cama. Tras secarse, se fue a los vestuarios. Yo, por disimular y esperar a que se pasaran ciertos efectos, esperé un par de minutos. Así que, cuando llegué a cambiarme, él ya se había puesto un slip blanco que dejaba poco espacio para colocar en diagonal su tremenda polla. No me volvió a decir nada. En esto, me di cuenta de que se me había olvidado llevar ropa interior de repuesto, así que me tuve que poner directamente el pantalón pirata. Se me caía y encima la camiseta sin mangas me quedaba también corta, con lo cual el espectáculo estaba asegurado.
Salimos a la vez, de forma que cuando fuimos a recuperar nuestra tarjeta de acceso en recepción, me soltó, de repente: Después de lo mal que lo hemos pasado en la sauna, ¿te parece que vayamos a una terraza a tomar la caña que decías? Me quedé helado, apenas sabía qué responder. Ni siquiera me convenía hablar, para que no notara que la voz me temblaba. No obstante, me salió un ¡buena idea!, ¿alguna sugerencia? Me dijo que vivía cerca de Tirso de Molina, así que podíamos ir por Lavapiés. Encima era vecino, no creía que pudiera soportar la situación. ¿De qué iba este chico? ¿Me estaba tomando el pelo? Sin embargo, de camino a la sombra de una terraza de la calle Argumosa, la conversación fluía con naturalidad. Me contaba de su vida, que es de Valencia, que tiene 19 años y que lleva en Madrid sólo un año, pues está estudiando Periodismo y a estas alturas del año está ya en el piso que comparte con dos colegas porque tiene examen de una asignatura de Derecho que le ha quedado. Incluso hacía pinitos como escritor, pues recién terminaba una novela para niños. No me llegué a enterar de mucho más, puesto que mi cabeza sólo daba para reflexionar sobre lo bueno que estaba y si pretendía algo inverosímil. Parecía también interesado en conocer cosas de mí y le proporcioné algunos pequeños titulares. Por sus preguntas y respuestas deduje que sí, que tenía que ser gay, aunque esta conclusión es la que suelo obtener tras analizar al 80% de la humanidad, así que no me extrañó.
Ya era más tarde de lo que pensaba cuando nos levantamos de la terraza y nos miramos como diciendo ¿y ahora qué? No puedo con estas situaciones así que opté por lo habitual, sugerir que podíamos ir a comer algo. Aceptó y apostó por una pizzería que conocía, donde amasan la base artesanalmente delante de ti. Mi estómago no daba para mucho ante la proximidad de un polvo que se estaba haciendo cada vez más seguro. Sus ojos ya me lo estaban confirmando. Terminamos rápido de almorzar y no sabía cómo continuar. Probé a sugerirle que le acompañaba a casa. Dijo un ¡vale! que me apenó, pues no mostraba excesiva convicción. Nos paramos en la esquina de la calle Cabeza. Me miró con aire de niño bueno y me señaló que si no estuvieran los pedorros de sus compañeros de piso, me invitaría a tomar café en su casa. Mierda, malditos compañeros. En fin, me quedaba la última opción. Si quieres, aprovechando además que ahora es cuesta abajo, te invito yo en la mía, probé a decirle. Me sonrió, como dando a entender que parecía que nunca se lo iba a proponer. Y a la sonrisa le siguió un pico. Con lengua. Tuve una erección inmediata.
Bajamos por la calle Olivar muy cerca el uno del otro, tropezando intencionadamente con los adoquines para justificar algunos roces. Hasta que, cansado de disimular, le introduje la mano en el bolsillo trasero de su vaquero pitillo, acariciándole. Me respondió agarrándome por la cintura. No podía más. Antes de entrar en Ave María le aparté contra un portal y le besé como si en aquel momento me fuera la vida. Pasaban algunos moros con cara de sacarnos la catana el cualquier momento, pero me daba igual. Me distraía a veces con el aro incrustado en su oreja izquierda. Ya que estaba por la zona, también aprovechaba para morderle suavemente el cuello. Quim siguió el proceso, apretándome hacia él y comunicándome con su cuerpo que tenía algo en su bragueta dispuesto a entrar en acción. Me metía mano hasta distancias a las que no parecía que pudiera llegar. Se dio cuenta de que no llevaba calzoncillos y esto le pareció excitar aún más. Le dije ya sin reparo que o subíamos rápido a casa o le follaba allí mismo. El muy cabrón, de forma entiendo que irónica, se lo pensó un instante. Sólo acertó a decir ufff, vamos.
Al entrar en mi portal le fui desabrochando los escasos botones de su camisa ajustada. Poco a poco fui descubriendo el mismo cuerpo que en el gimnasio me parecía un espejismo. Al entrar en casa, poco nos faltaba ya por quitarnos. Si a mi vecino del tercero le hubiera dado por estar en la mirilla (como suele hacer cuando subo por las escaleras), no sé en qué habría derivado la situación. No llegamos a la cama. Me tiró allí mismo, en el sofá. Se sentó encima de mí y seguimos sintiéndonos, comiéndonos, chupándonos, lamiéndonos, disfrutándonos. Le rodeé primero el pecho y luego los bíceps con mis dos manos para comprobar mejor si lo que veía era cierto. Sí, estaba muy duro. Su piel era tan suave que me permitía deslizar los dedos sin apenas tocarle, abriendo camino a una lengua, la mía, que estaba deseosa de rebuscar entre todos y cada uno de sus pliegues. Me detuve especialmente alrededor de su ombligo, pequeño y redondo, para luego bajar hacia zonas ya húmedas. El vello púbico, muy negro, recortado y rizado, se superponía ligeramente al inicio de su huevos. Y a partir de ahí, ni un pelo más.
En busca de accesorios protectores, le cogí en brazos para arrastrarle a la cama. Me sentía fuerte, potente. Y allí siguió el polvo más espectacular de mi vida. Por fin pude ensayar sin restricciones algunas de mis posturas favoritas, que había aprendido con Belami. En cuanto le penetré, el niño parecía poseído, cambió incluso la voz. Me animaba a seguir con ese aire chulesco que tanto me pone, pero su movimiento de cadera era tal que más bien parecía que era él quien me estaba follando. No tardó demasiado en correrse, de hecho me hubiera gustado que durara más. Me lo anunció al son de un gemido de me voy, tío, mientras se encontraba a cuatro patas. Me hubiera gustado verte, me quejé. Aún tienes oportunidad, respondió sorprendiéndome. Entonces, se dio la vuelta, se colocó de rodillas junto a mí y se empezó a pajear con un ritmo frenético. Yo no pude más que masturbarme mirándole y tan sólo unos segundos después llegamos simultáneamente al orgasmo del siglo. Él por segunda vez, yo expulsando la mayor cantidad de semen que recuerdo haber visto.
Por vergüenza y (en caso de que él algún día llegue a leer esto) por necesidad de guardar algo la intimidad, prefiero no dar detalles de los aspectos más morbosamente especiales. Pero sirva como resumen que creo que tengo que pintar las paredes de mi habitación y que mi descontrol llevó a que se despertaran de la siesta los perros del vecindario.
Quim me confesó que pretende hacerse más responsable e ir dos días por semana al gimnasio, en principio martes y jueves. Mañana es martes. He vuelto a quedar con él.
Queda inaugurada la nueva temporada otoño - invierno.